|
Luego de siglos de apatía, fatiga, mundanidad, corrupción y fragmentación, el catolicismo romano despertó al iniciarse la Reforma protestante en 1517. Durante casi veinte años hizo frente a la re-consolidación y la reforma, y para cuando el Concilio de Trento (1546-63) concluyó sus deliberaciones, la Contrarreforma surgió junto con la cultura barroca que la caracterizó. La defensa de la ortodoxia era el paradigma de las reformas tridentinas. Con las normas, nuevas y revividas, la Fe y los fieles fueron controlados en forma más rigurosa, con la vigilancia, la represión y el castigo esperando a los descarriados que se adentrasen en el campo de las herejías. El Concilio de Trento reafirmó al culto a la Virgen y los santos, refrendó el culto a las imágenes y reliquias como representaciones, y defendió el vicariato universal de la Iglesia católica como intermediaria exclusiva entre los cristianos y la deidad. Se reforzaron las distinciones entre el clero y el laicado, los sacramentos fueron fortalecidos, se prepararon los índices de libros prohibidos, la religiosidad femenina fue reglamentada y la espiritualidad laica -ya fuera en forma de cofradías o terciarios- fue normalizada y supervisada.
Frank Graziano
|